Este dúplex modernista de gran valor arquitectónico parte de una premisa clara: conservar aquello que lo hace único y permitir que siga formando parte de la vida contemporánea. Un ejercicio de equilibrio entre patrimonio y funcionalidad, donde cada intervención busca reforzar el carácter original de la vivienda.
La arquitectura ya estaba allí.
En los techos artesonados. En las molduras. En los pavimentos hidráulicos. En las puertas, las ventanas y la escalera que conecta ambas plantas.
El proyecto comienza precisamente desde el respeto hacia todos estos elementos. No como piezas del pasado, sino como parte activa de la identidad de la casa.
La distribución se replantea para responder a las necesidades actuales sin alterar su esencia.
Los recorridos ganan fluidez, los espacios encuentran una nueva amplitud y las zonas de almacenamiento se integran de forma natural dentro de una arquitectura que originalmente respondía a otra manera de vivir. Los baños se renuevan por completo, incorporando confort y funcionalidad sin perder el diálogo con el lenguaje histórico de la vivienda.
La intervención busca simplificar para poner en valor.
Cada decisión de interiorismo responde a una misma intención: permitir que la arquitectura respire. El mobiliario se selecciona desde la contención, las formas se depuran y los elementos decorativos se reducen a lo esencial para no competir con la riqueza espacial existente.
La protagonista ya estaba aquí.
Solo había que devolverle su lugar.
La luz, los materiales originales y los detalles recuperados construyen una atmósfera acogedora y serena donde pasado y presente conviven con naturalidad.
Porque preservar no significa permanecer inmóvil.
Significa encontrar nuevas maneras de seguir viviendo aquello que merece perdurar.








































