Hay viviendas que no necesitan exceso.
Necesitan precisión.
Este dúplex en Bonanova parte de una base arquitectónica sólida, donde la distribución ya respondía con claridad a la forma de habitar de sus propietarios. El proyecto no busca transformar la vivienda desde el gesto evidente, sino completar su identidad a través del diseño interior, los materiales y la atmósfera.
La intervención se construye desde la contención.
Cada decisión responde a una voluntad de orden, sobriedad y coherencia. Las dos plantas mantienen lenguajes diferenciados, pero conectados por una misma sensibilidad: líneas depuradas, materiales nobles y una estética serena que permite que cada espacio respire.
La luz se trabaja desde el contraste.
Para equilibrar la luminosidad de la vivienda, se incorporan mármoles negros, mesas oscuras y piezas decorativas en tonalidades profundas. Estos elementos aportan peso visual, carácter y una elegancia silenciosa que acompaña el conjunto sin imponerse.
El arte adquiere un papel fundamental.
La extensa colección de los propietarios se integra como parte de la arquitectura interior, no como un añadido. Las obras conviven con lámparas de diseño, butacas recuperadas y piezas seleccionadas con precisión, construyendo una vivienda donde cada objeto tiene presencia y sentido.
La calidez aparece en la materia.
Las paredes revestidas en lino natural suavizan la sobriedad del conjunto y aportan una textura envolvente que transforma la percepción de los espacios. La vivienda se vuelve más íntima, más habitable y más cercana.
La tecnología queda integrada de manera discreta.
La domótica recorre toda la casa para aportar confort, control y eficiencia sin alterar la estética del proyecto. Su presencia no se exhibe, pero mejora la experiencia diaria.
Nada aquí busca llamar la atención de forma inmediata.
Todo responde a una forma pausada de elegancia.
Una vivienda donde la sobriedad, el arte y el confort encuentran un equilibrio preciso.









































