La mañana entra sin pedir permiso.
La casa se deja atravesar por la brisa del Mediterráneo. S’Agaró aparece delante, completo.
Esta segunda residencia nace para reconectar con lo esencial: silencio amable, ritmo lento, horizonte azul.
El interiorismo se centra en la calma; madera, piedra, lino; piezas de firma que no gritan; una paleta de neutros con azules de mar, verdes de la vegetación y terracotas que recuerdan el atardecer.
En el salón, un papel natural de rafia azul abraza el espacio y enmarca aparadores de roble macizo. Los ventanales, de suelo a techo, hacen de marco al paisaje; la terraza prolonga el interior y el exterior se siente cercano, con cerámicas pintadas a mano que repiten la gama cromática.
La zona de día fluye cocina, comedor, salón y despacho; la de noche recoge la intimidad con la misma delicadeza. Sutiles acentos metálicos ponen el brillo justo.
Aquí la ciudad queda lejos y la bahía está a un paso.
La serenidad no se impone: simplemente sucede.










































