Aquí el gesto fue sencillo: dejar pasar.
Una familia con un niño pequeño estrena casa. Finca regia de los 50, 200 m² que pedían luz.
Abrimos la vivienda con nuevas aperturas hacia el exterior para llevar claridad al corazón.
La cocina, cerrada con vidrio corredero, deja pasar el día y la vista. Doble puerta, cortinas amplias y piezas de gran formato expanden la percepción sin forzar.
Respetamos la arquitectura: cornisas, molduras, jambas y cuarterones.
La acompañamos con materiales contemporáneos: roble y piedras claras; parquet en punta de Hungría y lamas rectas para marcar ritmos y ganar amplitud. Iluminación cálida e indirecta; escenas domotizadas que orquestan persianas, luz y clima.
La suite se vive como un spa abierto: vestidor y aguas se funden; la bañera exenta asoma a la tribuna; la doble ducha y el inodoro se velan tras vidrio estriado para conservar la luz.
Paleta muy clara con acentos verde agua y rosa suave.
Modernidad orgánica que no borra la memoria.
Esta Balmes no suma metros: agranda la vida que ocurre dentro.










































