Eixample, 2016. Se abren las puertas.
Espai París no se muestra: se vive.
Fue un taller de lubricantes en los años 20. Largo, estrecho, con carácter.
En la rehabilitación dejamos hablar a la memoria sin quedarnos en lo industrial: algunas paredes de ladrillo asoman; el resto se viste de tonos claros para atrapar la luz.
En planta baja, la galería late: arte en rotación, mobiliario con historia, iluminación con intención. Al fondo, el patio típico del Eixample se convierte en escenario social: recepciones, cócteles, encuentros que cambian con la temporada.
Arriba, un altillo de madera y hierro alberga oficinas y salas de reunión: el taller donde las ideas toman forma. La gran apertura hacia el patio, con ambas puertas abiertas, conecta dentro y fuera y hace que todo fluya.
Espai París fue nuestro estudio, nuestro segundo punto físico en la ciudad: un lugar para pensar, tocar, probar.
Aquí nada permanece. Todo evoluciona.
Y el diseño, más que verse, se siente.















































