Todo se ordena alrededor de la casa en Molins de Rei.
El jardín calla. La casa respira
Can Madurell, catalogada y noucentista, había perdido su hilo: demasiadas particiones, demasiadas capas.
La devolvimos a su lógica. Abrimos recorridos, dejamos que la luz entrara por delante, por detrás y por los laterales. Paleta muy clara, verdes suaves, amplitud sin gritos.
Restauramos lo esencial: puertas, radiadores, carpinterías, porticones. En cocina, un porcelánico en damero blanco y negro pone el acento justo.
La vida social manda: la planta baja reúne salón, comedor y cocina; fuera, un anexo tipo apartamento con cocina interior y cocina exterior invita a largas sobremesas.
La conexión vertical renace con una escalera helicoidal forrada de piedra natural; barandilla negra, trazo preciso.
La tecnología existe pero no se ve: domótica discreta que acompaña. Bajo cubierta, rescatamos la estructura de madera y la bañamos con luz indirecta.
Arriba se vive el sonido y la imagen: cine, música, guitarras, saxo, batería.
Hoy la casa no posa. Se reconoce.
Y vuelve a ser lo que siempre fue: una casa viva.












































